Si un día Dios me manda un email preguntándome qué palabra considero que debería proclamarse best.word.ever., sin duda le plantearía las siguientes:
Bizarro, Ecléctico y Bocachancla.
Son tres palabros que molan. No sé exactamente el porqué, pero oye, yo les he dado un pase VIP en mi lexicón para que campen a su anchas y se cuelen en cualquiera de mis intervenciones verbales. Cómo disfruto llenando los pulmones de aire y escupiendo alguna de ellas, ni Ricardo Bofill lo haría mejor que yo.
El caso es que todas ellas definen una de las etapas más significativas dentro de mis 8.295 días de existencia. Concretamente, la de mi primera catarsis psicológica: los 12 años.
1997 empezó siendo un buen año. 6º de Primaria estaba resultando accesible: dominaba la Ortografía y había aprendido a hacer una casi-perfecta voltereta lateral. Las cosas marchaban bien. Pero una mañana, sin preaviso ni señal de advertencia, todo cambió.
Llegó puntual a su cita. Parecía un chico normal, debía de tener unos 30 años, quizás más, pero sus gafas de aspecto retro y su ropa desaliñada le hacían parecer un veinteañero trasnochado. Se presentó amablemente y dio las indicaciones pertinentes para que todo el proceso se acometiera de la manera más rápida y sin errores. Las instrucciones eran precisas y directas. Él era el único que sabía cómo había que proceder, así que se hizo lo que ordenó, quedando todos dispersados en tres grupos. Pensé que volvería a rehacer la división cuando se diera cuenta de que me había dejado separada del resto de chicas y que yo era la única entre todos los muchachos.
Mis amigas se recolocaban el cuello de la camisa y se arreglaban la melena. Aquella era época de flequillo recto y un mechón largo sobre cada oreja, pero mi madre había decidido que era mucho más cómodo un pelo-casco, justo por encima de las orejas, y el flequillo bien corto, no se diese el caso de que me quedara ciega.
El nerviosismo era ya patente. El grupo de chicas terminaba de acicalarse, mientras los chicos comentaban quién ocuparía cada posición. Yo seguía pensando que acabarían advirtiendo el error, era imposible que me dejasen desperdigada de mi verdadero grupo. Pero no fue así. Mi grupo fue situado en el tercer escalón, arriba del todo, en línea recta. Yo era la tercera de la derecha, éramos 8 en total. El resto, dos escalones más abajo y, por último, las chicas sentadas en un banco. Y todo sucedió en un instante. Cuando me quise dar cuenta, el flash ya se había disparado dos veces. Todos habían lucido sus perfectas sonrisas, y yo ni siquiera había podido disimular mi cara de estupefacción: ese maldito fotógrafo había decidido que yo me asemejaba más al grupo de larguiruchos y salidos pre-adolescentes que al de mis pequeñas y repeinadas amigas. Mal, exorbitantemente mal.
Fue por eso por lo que se desencadenó mi gran crisis. Me di cuenta de que al resto de chicas de clase aún les colgaban los pies al sentarse en las sillas, mientras que yo ya podía apoyar toda la planta de los míos en el suelo, e incluso me sobraban centímetros; los diminutos dientes de leche habían dado paso a relucientes y ordenadas dentaduras, y yo ni siquiera me atrevía a separar los labios porque lo que relucían eran mis antiestéticos y muy visibles braquets. Y del desarrollo mamario (llamémoslo 'el efecto miga de pan'), prefiero ni hablar.
Así que pasé las siguientes semanas traumatizada porque era un individuo de género bizarro con un estilo ecléctico en el que grandes zapatillas de deporte convivían con anchos vestiditos de Minnie Mouse. Lo de bocachancla viene porque maldito fue el día en que, para que no quedaran dudas acerca de mi lado femenino, pedí permiso para ir al baño porque tenía que 'hacer una cosa' (señalando la maxi-compresa con alas, hélice y cola que sujetaba en la mano). Hubiera regalado toda mi colección de tazos y gogo's con tal de haber podido convertirme en mota de polvo en mitad de aquella carcajada general de mis compañeros.
¿Y tú, querida Laura, preguntas qué me hace sonreír? Sin duda alguna, te diré que TODO. Y te voy a explicar el porqué: tal y como ha demostrado la historia, cualquier ser que logre resurgir de una dura etapa de hormonas, motes, más hormonas y más motes, podrá después disfrutar alegremente del resto de su vida, y podrá hacerlo con una gran sonrisa en la boca porque: primero, ya no tendrá que pasar por una experiencia tan traumática hasta 8.118 días más adelante [la crisis de los Cuarenta], y segundo, en esa época el virus de la adolescencia se contagia rápida e irremediablemente entre el resto de indefensas criaturas, así que cuando ya creí que el premio al patito feo de la clase iba a ser sólo mío hasta el resto de los días…
Pues nada, que aunque mal de muchos, consuelo de tontos, a mí me vino como anillo al dedo. Y acabaré citando a una gran intelectual de nuestros días, que tal y como dijo tiempo ha, "Dientes, dientes, que es lo que les jode!".
Rafita, ¿y a ti qué refrán te va que ni pintado?
Aprovecho para saludar desde aquí a Don Jaime Sard, gran dentista y mejor persona, al que mi blanqueada dentadura y yo recordaremos siempre con afecto y gratitud. Dientes, dientes.
ResponderEliminarYo también fui preadolescente de pelo corto, más corto aún que el clásico estilo tazón, y braquets en los dientes. Sitúame en una ciudad pequeña, súmale un inexplicable gusto por la ropa masculina y las dr. martens, unos kilitos de más y la adicción por los aparatos de música portátiles y me tienes a mi, en mis 13 años. A los 14 me teñí el pelo de rosa fucsia. Y no, no tenía muchos amigos. Dientes! dientes!
ResponderEliminarYo fui preadolescente de pelo largo, no llevé braquets pero siempre me parecieron curiosos, por lo demás, no recuerdo gran cosa.
ResponderEliminarUn saludo a Don Jaime y, por favor, escanea la foto y súbela a Facebook ya!Muelas, muelas!