
Cuando nací pesaba 1,2 kg. Como prueba de ello existe una preciosa foto en la que la comadrona me sostiene sobre la palma de su mano. Mi madre no ha superado que mi primer hogar haya sido una incubadora, se culpabiliza pensando que el catering servido en el cordón umbilical que nos unía no era de mi agrado. Durante mis primeros 15 años de vida las guerras culinarias fueron el pan de cada día en mi hogar y escuela. Por aquel entonces, las tardes se convirtieron en una franja horaria fantasma; en mi casa porque la comida reenganchaba sin excepción con la cena, y en el colegio porque para cuando la monja se había rendido o yo había conseguido guardar los alimentos, sólidos o líquidos, en el bolsillo de mi mandilón, sonaba la campana previa a las soporíferas clases de la monja capicúa Sor Ana.
No es que a los 16 firmase la paz gastronómica con mis progenitores, sino que ellos encontraron otra batalla mucho más peligrosa; el escuadrón conformado por la edad del pavo, el género masculino y las discotecas. Pero, a pesar de que el frente ahora estaba dividido, mi problema alimentario seguía amenazando la tranquilidad de mis padres. Un claro ejemplo es la capacidad inventiva que desarrollaron para crear historias relacionadas con las consecuencias funestas que provocaba no comer de todo; me engañaron vilmente haciéndome creer que si sólo comía huevos los ojos se me pondrían amarillos, que si no comía tomates nunca me crecerían los pechos, que si no bebía leche se me caerían los dientes y el pelo… Mis papás nunca han sido conscientes de que fomentaron que mis amigos me mirasen como a un bicho fosilizado dentro de una piruleta.
Los granos de mi cara desaparecieron, mis padres comenzaron a entender las discotecas como lugares en los que también se puede bailar y su única hija comía casi de todo. Pero yo sabía que algo interrumpía su sueño, sus dagas clavadas se llamaban carne y leche, no habían conseguido que comiese estos dos alimentos, razón que les hacía cuestionarse su capacidad de mando en el estamento de padres. Un día, sin previo aviso, la guerra llegó a su fin. La bandera blanca la puso la jubilación de mi viejo médico y la llegada de su joven suplente, pues dicho internista descubrió mi intolerancia a la carne y a la lactosa. Desde entonces el ego de mis progenitores descansa infinitamente mejor.
Respondiendo a tu pregunta vic, creo que biológica y científicamente la comida hace al hombre; pues lo cierto es que nuestro alma, corazón y mente no son más que hidratos de carbono, grasas más o menos saturadas, proteínas… Creo que el señor Roca puede dar fe de lo que aquí y ahora estoy contando. Pero, por otra parte, la puramente humana, creo que la comida como arma de supervivencia nos hace fuertes. En mi caso me ha llevado a luchar en contenciosos contra los grandes colosos del imperio alimentario mundial: mi abuela y mi madre; Burguer king, Mcdonalds y Kentucky Fried Chicken; Pacual, Danone y García Vaquero… La lista se extiende tantos metros como productos cárnicos y lácteos existen en este mundo. Tranquilos, a pesar de que ellos tienen más y mejores abogados que yo, creo que soy fuerte en mi especie; ergo sobreviviré.
Y tú, Gabriel, ¿qué guerras crees que merecen ser luchadas?
La dieta de las adolescentes tiene 3 ingredientes básicos y fundamentales: MIGA DE PAN, TOMATES y PIEL DE POLLO.
ResponderEliminarMe encantan los bichos fosilizados dentro de una piruleta!!
ResponderEliminarGuerra a la comida de comedor del cole!!!
ResponderEliminarSiempre y cuando alguien me deje prestado un mandilón de mi talla
ResponderEliminarUna ola por las verduras, la fruta y las lentejas. Que viva hermana!
ResponderEliminarY otra por la Nocilla!!
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