martes, 8 de septiembre de 2009

La Vida en Punxsutawney

Tortura. Palabra "malrrollera" donde las haya. Una de las facetas en las que España ha sido líder mundial a lo largo de la historia y continúa siendo en términos taurinos. Atrás quedan los tiempos en que nuestros ingenieros y expertos en naming se devanaban los sesos para crear carricoches tan divertidos como la rueda de despedazar, la pera anal o el desgarrador de senos, sin olvidarnos del "ultimo grito" allá por el loco siglo XIX, el garrote vil. 
Atendiendo al uso verbal de la palabra, he de temerme que este post se convertirá en una lista de quejas, lo cual no es de mi agrado. Pero, como bien nos enseñan, es nuestro deber vender todo producto que caiga en nuestras manos, y es que en los tiempos que corren,  gimotear está de moda.
Me resulta imposible ordenar que hechos, personas o cosas me causan mayor tormento, pero realizando un exhaustivo filtro y exprimiendo al máximo mi capacidad de síntesis podría decir que mi mayor tortura es la rutina. ¿ O era la falta de tiempo?

Hace poco que me he mudado de casa, pero ya hay una serie de acontecimientos que están provocando una transformación progresiva de mi rostro, el cual se parece cada día mas al del gran Bill Murray en Atrapado en el Tiempo. 
El día de la marmota comienza con un sonido estridente y continuo que me causa la primera hemorragia cerebral de la jornada, acto seguido, deseando morir, grito Wipeout! y me arrastro sorteando la ginkana de obstáculos compuesta por una estrecha escalerita y cientos de artilugios que llevan hasta lo que en el sur llamamos telefonillo, para posteriormente escuchar una dulce voz latina que trae un paquete para mi novia, que por motivos de trabajo recibe una media de tres contenedores de esos que pone Maersk al día. Sin tiempo para desayunar y raramente para café, salgo de casa y camino de la escuela me cruzo con las mismas personas, en el mismo lugar una mañana tras otra. Portera, estanquero, vagabundo, frutero, cabrón disfrazado de policía con un peto fluorescente que a diario coloca una multa de noventa euros sobre el parabrisas de mi coche la cual nunca llegará a Málaga... Uno tras uno se repiten como ese único disco que te llevaste para el viaje transatlántico, o esa película de dibujos que veías cuando ibas a casa de tu abuela. Llegamos a la calle de las tiendas,  ¿me estaré volviendo loco? ¿o es que siempre son las mismas y en el mismo orden? después viene la calle de las panaderías, la de los locutorios, la de las putas, la de los cómics, la de las peluquerías...
Por las noches mi martirio sigue su orden establecido, el vivir en un primero en Chueca sin aire acondicionado hace que cientos de voces se cuelen a la vez por las ventanas. A las 0:10 el camión de la basura me canta junto a su coro de cláxones protestones, para que a la 1:24 sea su hermano pequeño, el que riega las calles, el que me hace compañía. Siempre que echo un vistazo a la tele, que está en silencio para poder oír música, aparece el Jes-Extender o el "envía morbo al 5224". Y por supuesto, en la franja horaria de las 2:00 a las 5:00 no falta a su cita una horda etílica que recorre la calle al son de "alcohol, alcohol, alcohol... hemos venido a emborracharnos..." para entonces soy Clint Eastwood en Gran Torino, faltan huevos en la nevera y me preparo para otro capítulo de mi jornada capicúa.

El hecho de que mi vida se convierta en un bucle es una idea que me aterroriza. Siempre he huido de la costumbre. Pero soy consciente de que es inevitable que la rutina aparezca. 
En cualquier caso estoy convencido de que son los pequeños detalles y los breves momentos especiales los que hacen que cada día sea distinto, que no te acuestes sin haber aprendido algo nuevo o haber experimentado algo por primera vez.

La falta de tiempo me provoca dolor. No tener mas tiempo para mi novia, mis amigos, mi familia, joder ¡un simple rato para mí! 
Pero es que hay tantas cosas que me torturan...
Me tortura la SGAE, mi maltrecha columna, esas tres asignaturas para terminar ADE, el no haber vivido de la música, que el Betis esté en segunda, Agustín Bravo, que Bertín Osborne fabrique gazpacho (¿Que será lo siguiente, los callos de Carmen Sevilla?), los "no se fabrica para otras marcas", la iglesia.
Me tortura la voz de Alejandro Sanz en la canción del mismo nombre; el no saber la especie, raza ni sexo de Omino Bianco; el ignorar cuando conoceré a ese ser proveniente de un lugar en otro planeta que está a la misma distancia de su estrella que el nuestro lo está del sol, y por tanto, reúne las características para albergar vida, en otro sistema, en otra galaxia...
Me tortura el no poder decirle a mi mamá cuanto la quiero.
Por último he de decir que hay una cosa que si bien no me atormenta al menos me inquieta.
Es la poca democracia con la que ha sido repartida la velocidad entre mi cerebro (95%) y mi lengua (4'99%). Cuando mi mente está pensando en el quinto concepto, mi boca aún está pronunciando la primera palabra, esto hace que en ocasiones haya empleado palabras y frases como: "Vamos todos" cuando quería decir " baja la ventanilla", llamar gasolina a la colonia o salón al horno. Este desorden también hace que pierda capacidad de atención, de este modo podría haber confundido tu pregunta, Gaby, y te hubiese contestado que lo que más me tortuga es el caparazón relleno de Mac, cargador, cámara, disco duro, Moleskine, bloc, lápices y bolígrafos que porto en mi espalda y hace que me desplace como tal. O te diría que lo que definitivamente más me tontuna es la cantidad de porros que fumo.

Creo que como aprendiz de publicista he intentado vender de forma irónica la tortura, pero esta palabra no debe salir de nuestros labios a menos que sea para protestar contra ella. No perdamos el tiempo empleándola para referirnos a nuestros problemas y preocupaciones banales. En pleno siglo XXI esta práctica se sigue llevando a cabo a diario no solo en países del tercer mundo, sino en las mayores potencias mundiales haciendo uso de ella para afianzar su trono. Porque el poder nunca lo tendrá el más inteligente, culto, listo o trabajador, siempre será para el mas fuerte.

Y tú, Borja ¿contra que protestas?





miércoles, 2 de septiembre de 2009

Una Vida Mas Hippe Por favor

Hay veces que la gente dice que el amor es como un campo de guerra y pienso que tienen cierta razón. Pero igual, esa no es una guerra que creo que merece lucharse. El amor debe ser algo pacifico aunque hay veces que hay batallas, pero el día que se convierta en guerra, no me verán la cara. Si alguien no me quiere o me falta el respeto, esa guerra no vale la pena.

La única guerra que se debe luchar es la guerra en contra de la injusticia, pero como la vida no es justa, entonces estamos luchando toda la vida. Hay personas que nacen con todo, pero la mayoría de nosotros tenemos que luchar constantemente. En mi caso, nací en un barrio pobre y soy el primero de mi familia que termino la universidad. Las estadísticas me dirían que soy una excepción porque casi todos en mi barrio se conforman con las cartas que les dio la vida. No pienso que debemos conformarnos solo porque el porcentaje de cambiar esa situación no es favorable. Aceptar las injusticias de la vida es la peor injusticia que pudiéramos hacernos. Yo siempre luchare contra quedarme donde las costumbres señalen que me tengo que quedar.

Irónicamente mis edificios se llaman La Esperanza aunque muy pocos que viven ahí la tienen. Yo si la tengo. Desde los quince años trabajo, me pago mis cuentas, y no dependo de nadie. Ahora me falta muy poco para alcanzar mi meta de ser copy y esa es mi guerra. Después vendrán las guerras de las ideas, del insomnio y de las opiniones. Para esa guerra ya tengo mi uniforme.

En contexto literal, te digo también lo que pienso, porque me parece una pregunta muy adecuada porque vivo en un país que esta en guerra. Hay veces que las guerras hacen falta. En la segunda guerra mundial, los horrores de Hitler se tenían que parar de alguna manera. La guerra de estos momentos no creo que merece lucharse. Para los gustos se hicieron los colores. Los Estados Unidos no pueden entran en otro país y machacarle nuestra ideología por la cabeza. Hay que dejar que las personas sean diferentes. Cuando fui a Toledo, había una exhibición de tortura y la justificación por usar esos métodos era solo porque habían personas que no creían en lo que ellos creían. Solo porque alguien no piense en lo mismo que tu, no es razón de meterle un clavo por el ojo.

¿Y ti Javi, que es lo que mas te tortura a ti?

martes, 1 de septiembre de 2009

miércoles, 26 de agosto de 2009

La comida hace al hombre

Después de leer el post de Iris está claro, la comida hace al hombre y el Sr. Roca es quién mejor puede dar fe de ello. Ahora bien, el hecho de que la comida haga al hombre da lugar a preguntas como esta: ¿Qué comen estos dos?

martes, 25 de agosto de 2009

Darwinismo culinario


Cuando nací pesaba 1,2 kg. Como prueba de ello existe una preciosa foto en la que la comadrona me sostiene sobre la palma de su mano. Mi madre no ha superado que mi primer hogar haya sido una incubadora, se culpabiliza pensando que el catering servido en el cordón umbilical que nos unía no era de mi agrado. Durante mis primeros 15 años de vida las guerras culinarias fueron el pan de cada día en mi hogar y escuela. Por aquel entonces, las tardes se convirtieron en una franja horaria fantasma; en mi casa porque la comida reenganchaba sin excepción con la cena, y en el colegio porque para cuando la monja se había rendido o yo había conseguido guardar los alimentos, sólidos o líquidos, en el bolsillo de mi mandilón, sonaba la campana previa a las soporíferas clases de la monja capicúa Sor Ana.

No es que a los 16 firmase la paz gastronómica con mis progenitores, sino que ellos encontraron otra batalla mucho más peligrosa; el escuadrón conformado por la edad del pavo, el género masculino y las discotecas. Pero, a pesar de que el frente ahora estaba dividido, mi problema alimentario seguía amenazando la tranquilidad de mis padres. Un claro ejemplo es la capacidad inventiva que desarrollaron para crear historias relacionadas con las consecuencias funestas que provocaba no comer de todo; me engañaron vilmente haciéndome creer que si sólo comía huevos los ojos se me pondrían amarillos, que si no comía tomates nunca me crecerían los pechos, que si no bebía leche se me caerían los dientes y el pelo… Mis papás nunca han sido conscientes de que fomentaron que mis amigos me mirasen como a un bicho fosilizado dentro de una piruleta.

Los granos de mi cara desaparecieron, mis padres comenzaron a entender las discotecas como lugares en los que también se puede bailar y su única hija comía casi de todo. Pero yo sabía que algo interrumpía su sueño, sus dagas clavadas se llamaban carne y leche, no habían conseguido que comiese estos dos alimentos, razón que les hacía cuestionarse su capacidad de mando en el estamento de padres. Un día, sin previo aviso, la guerra llegó a su fin. La bandera blanca la puso la jubilación de mi viejo médico y la llegada de su joven suplente, pues dicho internista descubrió mi intolerancia a la carne y a la lactosa. Desde entonces el ego de mis progenitores descansa infinitamente mejor.

Respondiendo a tu pregunta vic, creo que biológica y científicamente la comida hace al hombre; pues lo cierto es que nuestro alma, corazón y mente no son más que hidratos de carbono, grasas más o menos saturadas, proteínas… Creo que el señor Roca puede dar fe de lo que aquí y ahora estoy contando. Pero, por otra parte, la puramente humana, creo que la comida como arma de supervivencia nos hace fuertes. En mi caso me ha llevado a luchar en contenciosos contra los grandes colosos del imperio alimentario mundial: mi abuela y mi madre; Burguer king, Mcdonalds y Kentucky Fried Chicken; Pacual, Danone y García Vaquero… La lista se extiende tantos metros como productos cárnicos y lácteos existen en este mundo. Tranquilos, a pesar de que ellos tienen más y mejores abogados que yo, creo que soy fuerte en mi especie; ergo sobreviviré.

Y tú, Gabriel, ¿qué guerras crees que merecen ser luchadas?

viernes, 21 de agosto de 2009

Los estereotipos son caricaturas dibujadas por un niño, pero para adultos.



Es muy cómodo y al mismo tiempo fácil quedarte con una idea; poner etiquetas a sentimientos, personas, países. 

Los estereotipos son como las cabezas que te molestan ver la pantalla completa en el cine. Son ideas que se quedan en la vista y no en la observación de la realidad. Son las etiquetas blancas de detergentes que te aseguran el ahorro de tu dinero, pero no la limpieza de tu camisa. 


Nunca acepté estas ideas pensadas para mi pero sin mi. Etiquetas anónimas sobre el amor, la felicidad, Grecia. ¿Por qué tengo que esconder sentimientos tras una palabra que otros han creado, para situarme entre los enamorados? Las etiquetas dividen a la gente en grupos y agrandan la pobreza léxica. Es como si decimos que Miami es la ciudad de Mitch Buchannon y de rubias en "rollers". Como si España fuera el país de latin lovers y de toros. 


Nos conformamos con imagenes pixeladas y carteles de color fluorescente con letras sin sentido: Doner Kebab ATENA. Para los griegos no hay peor malinterpretación y contradicción que un bar de kebabs con este nombre. Y no es cuestión de orgullo, ni de hablar de las relaciones entre Grecia y Turkia. De hecho, hay mucha cultura común entre estos dos países y me parece absolutamente normal, debido a las fronteras cercanas y la historia sufrida por los dos, que tengan puntos similares en el nivel de música o de gastronomía. Pero el caso del kebab es distinto. 


De hecho, está ligado con un otro estereotipo, que acepto solo por hechos históricos, que sería la Grecia de Platon y la Odisea. Para ser sincera ni yo lo sabía y me sentí avergonzada de tener que buscar las raíces de mi comida favorita en wikipedia. Pero al parecer, hay más gente que se hizo la misma pregunta que Rafa. 


Para empezar, el kebab es el nombre que los Turcos dan a su bocadillo. En Grecia tenemos el "suvlaki", palabra que llena con sus letras las bocas griegas, pero que en cualquier otro idioma parecería el titulo de un viral chino. La primera vez que apareció esta palabra fue en la obra "Cena de sofistas" del filosofo Ateneo en 170 a.C. Según el, era Igisipos, personaje destacado por escribir sobre la historia de la iglesia Jerusalén, que en su libro de recetas "Opsartitiko" menciona lo que ahora se llama suvlaki como "kandavlos", comida que consistía en carne asada, pita, queso y eneldo, en un caldo (no os preocupéis que no tengo más las palabras raras).


La idea de enrollar carne con vegetales y diferentes especies no es innovación griega. Sin embargo, se encuentra en cocinas de varios países, desde Japón hasta España y Francia. Lo que hace el "suvlaki" distinto no es la carne, ya que los cerdos buenos se encuentran en todas partes. Es la salsa "tzatziki", una mezcla de yogur griego -nada que ver con Danone y "Hronia ke Hronia"-, ajo, pepino rascado y eneldo, que con los trozos de tomate, la cebolla y porsupuesto la carne -que no es de cordero como en el kebab-, y la pita bien frita, hacen el "suvlaki" el mejor y más nutritivo fast food griego.


¿Promocionar el kebab como griego? Supongo que algo sabrán esos pequeños empresarios de Pakistan, Kurdistan y Turquia debido del éxito que eso tiene. Un marketing culinario a base de estereotipos sociales, esto es lo que provoque estas malinterpretaciones. Aunque al fondo sé que estas no harán que la gente siguiera visitar Grecia más que nada por su historia y no su comida. Igual por Turquía, porque al fin y acabo querido Rafa, "a buen hambre no hay pan malo".


Y tu Iris, crees que la comida hace las personas o las personas la comida?