miércoles, 26 de agosto de 2009
La comida hace al hombre
martes, 25 de agosto de 2009
Darwinismo culinario

Cuando nací pesaba 1,2 kg. Como prueba de ello existe una preciosa foto en la que la comadrona me sostiene sobre la palma de su mano. Mi madre no ha superado que mi primer hogar haya sido una incubadora, se culpabiliza pensando que el catering servido en el cordón umbilical que nos unía no era de mi agrado. Durante mis primeros 15 años de vida las guerras culinarias fueron el pan de cada día en mi hogar y escuela. Por aquel entonces, las tardes se convirtieron en una franja horaria fantasma; en mi casa porque la comida reenganchaba sin excepción con la cena, y en el colegio porque para cuando la monja se había rendido o yo había conseguido guardar los alimentos, sólidos o líquidos, en el bolsillo de mi mandilón, sonaba la campana previa a las soporíferas clases de la monja capicúa Sor Ana.
No es que a los 16 firmase la paz gastronómica con mis progenitores, sino que ellos encontraron otra batalla mucho más peligrosa; el escuadrón conformado por la edad del pavo, el género masculino y las discotecas. Pero, a pesar de que el frente ahora estaba dividido, mi problema alimentario seguía amenazando la tranquilidad de mis padres. Un claro ejemplo es la capacidad inventiva que desarrollaron para crear historias relacionadas con las consecuencias funestas que provocaba no comer de todo; me engañaron vilmente haciéndome creer que si sólo comía huevos los ojos se me pondrían amarillos, que si no comía tomates nunca me crecerían los pechos, que si no bebía leche se me caerían los dientes y el pelo… Mis papás nunca han sido conscientes de que fomentaron que mis amigos me mirasen como a un bicho fosilizado dentro de una piruleta.
Los granos de mi cara desaparecieron, mis padres comenzaron a entender las discotecas como lugares en los que también se puede bailar y su única hija comía casi de todo. Pero yo sabía que algo interrumpía su sueño, sus dagas clavadas se llamaban carne y leche, no habían conseguido que comiese estos dos alimentos, razón que les hacía cuestionarse su capacidad de mando en el estamento de padres. Un día, sin previo aviso, la guerra llegó a su fin. La bandera blanca la puso la jubilación de mi viejo médico y la llegada de su joven suplente, pues dicho internista descubrió mi intolerancia a la carne y a la lactosa. Desde entonces el ego de mis progenitores descansa infinitamente mejor.
Respondiendo a tu pregunta vic, creo que biológica y científicamente la comida hace al hombre; pues lo cierto es que nuestro alma, corazón y mente no son más que hidratos de carbono, grasas más o menos saturadas, proteínas… Creo que el señor Roca puede dar fe de lo que aquí y ahora estoy contando. Pero, por otra parte, la puramente humana, creo que la comida como arma de supervivencia nos hace fuertes. En mi caso me ha llevado a luchar en contenciosos contra los grandes colosos del imperio alimentario mundial: mi abuela y mi madre; Burguer king, Mcdonalds y Kentucky Fried Chicken; Pacual, Danone y García Vaquero… La lista se extiende tantos metros como productos cárnicos y lácteos existen en este mundo. Tranquilos, a pesar de que ellos tienen más y mejores abogados que yo, creo que soy fuerte en mi especie; ergo sobreviviré.
Y tú, Gabriel, ¿qué guerras crees que merecen ser luchadas?
viernes, 21 de agosto de 2009
Los estereotipos son caricaturas dibujadas por un niño, pero para adultos.
Es muy cómodo y al mismo tiempo fácil quedarte con una idea; poner etiquetas a sentimientos, personas, países.
Los estereotipos son como las cabezas que te molestan ver la pantalla completa en el cine. Son ideas que se quedan en la vista y no en la observación de la realidad. Son las etiquetas blancas de detergentes que te aseguran el ahorro de tu dinero, pero no la limpieza de tu camisa.
Nunca acepté estas ideas pensadas para mi pero sin mi. Etiquetas anónimas sobre el amor, la felicidad, Grecia. ¿Por qué tengo que esconder sentimientos tras una palabra que otros han creado, para situarme entre los enamorados? Las etiquetas dividen a la gente en grupos y agrandan la pobreza léxica. Es como si decimos que Miami es la ciudad de Mitch Buchannon y de rubias en "rollers". Como si España fuera el país de latin lovers y de toros.
Nos conformamos con imagenes pixeladas y carteles de color fluorescente con letras sin sentido: Doner Kebab ATENA. Para los griegos no hay peor malinterpretación y contradicción que un bar de kebabs con este nombre. Y no es cuestión de orgullo, ni de hablar de las relaciones entre Grecia y Turkia. De hecho, hay mucha cultura común entre estos dos países y me parece absolutamente normal, debido a las fronteras cercanas y la historia sufrida por los dos, que tengan puntos similares en el nivel de música o de gastronomía. Pero el caso del kebab es distinto.
De hecho, está ligado con un otro estereotipo, que acepto solo por hechos históricos, que sería la Grecia de Platon y la Odisea. Para ser sincera ni yo lo sabía y me sentí avergonzada de tener que buscar las raíces de mi comida favorita en wikipedia. Pero al parecer, hay más gente que se hizo la misma pregunta que Rafa.
Para empezar, el kebab es el nombre que los Turcos dan a su bocadillo. En Grecia tenemos el "suvlaki", palabra que llena con sus letras las bocas griegas, pero que en cualquier otro idioma parecería el titulo de un viral chino. La primera vez que apareció esta palabra fue en la obra "Cena de sofistas" del filosofo Ateneo en 170 a.C. Según el, era Igisipos, personaje destacado por escribir sobre la historia de la iglesia Jerusalén, que en su libro de recetas "Opsartitiko" menciona lo que ahora se llama suvlaki como "kandavlos", comida que consistía en carne asada, pita, queso y eneldo, en un caldo (no os preocupéis que no tengo más las palabras raras).
La idea de enrollar carne con vegetales y diferentes especies no es innovación griega. Sin embargo, se encuentra en cocinas de varios países, desde Japón hasta España y Francia. Lo que hace el "suvlaki" distinto no es la carne, ya que los cerdos buenos se encuentran en todas partes. Es la salsa "tzatziki", una mezcla de yogur griego -nada que ver con Danone y "Hronia ke Hronia"-, ajo, pepino rascado y eneldo, que con los trozos de tomate, la cebolla y porsupuesto la carne -que no es de cordero como en el kebab-, y la pita bien frita, hacen el "suvlaki" el mejor y más nutritivo fast food griego.
¿Promocionar el kebab como griego? Supongo que algo sabrán esos pequeños empresarios de Pakistan, Kurdistan y Turquia debido del éxito que eso tiene. Un marketing culinario a base de estereotipos sociales, esto es lo que provoque estas malinterpretaciones. Aunque al fondo sé que estas no harán que la gente siguiera visitar Grecia más que nada por su historia y no su comida. Igual por Turquía, porque al fin y acabo querido Rafa, "a buen hambre no hay pan malo".
Y tu Iris, crees que la comida hace las personas o las personas la comida?
miércoles, 19 de agosto de 2009
martes, 18 de agosto de 2009
La neuva anraqiua
Y después de esto podemos comenzar.
El interés por los refranes es algo propio de abuelos y amantes de Cine de Barrio, pudiéndose dar ambas condiciones en la misma persona y momento. Los abuelos son considerados en nuestro país como auténticos deportistas de élite que reciben una cantidad de dinero al mes por dedicarse a jugar a la petanca. Estos individuos disfrutan en sus ratos libres, es decir, de 8 am. a 12 pm. exceptuando miércoles noche (por bingo) y Nochebuena (por asistencia obligatoria a la misa del gallo), de una capacidad innata para hilar frases ingeniosas pero nunca originales. He aquí los refranes. La diferencia básica entre un refrán y una cita es que, al contrario que las citas, un refrán siempre es de cosecha ajena. Da igual que sea mencionado por un abuelo, por un nieto enajenado a causa de una excesiva influencia octogenaria, o por individuos que simulan ser jubilados de la mina con tal de obtener un abono-transporte gratuito o un menú Big Mac a mitad de precio).
Para convertirnos en unos buenos pronunciadores de refranes hemos de conocer sus diferentes variables: En primer lugar, estos han de incluir alguna referencia a lo natural o lo sobrenatural (pájaros volando, arbolitos, ayuda divina…). Los más entendidos en la materia esperan que próximamente comiencen a aparecer refranes 2.0 que hablen sobre el calentamiento global y la cienciología, pero la metrosexualidad y las cremas antienvejecimiento Lo´real no hacen más que retrasar el momento. Por otro lado, se ha comprobado una relación directa entre el uso de txapela y los conocimientos del refranero nacional (¡me ha salido un dardito sin querer oye!). A tal efecto, influye también el lugar sobre el cual se asiente el individuo: Banco de Madera, banco de piedra o banco improvisado con cubo de pintura de cuando se reformó la cocina en el año 81, siendo este último el que más potencia el uso de refranes.
Por último, aunque no menos importante, también hemos de tener en cuenta los considerables hoyuelos que a menudo decoran el rostro de la persona que lanza dichas frasecillas. Algunos aventuran que esto es producto de una pérdida considerable de piezas dentales (gracias a la cual mi amigo Pedrín, hijo de dentista, acostumbraba a estrenar unas nuevas Nike cada mes).
Nótese que ni un ápice de la información aquí aparecida ha sido tomada de fuentes como Wikipedia o R.A.E. En fin, imaginen que la novia de un servidor entrara un día en mi cuarto sin avisar y me descubriera visitando ese tipo de páginas. Lo creáis o no, aún me queda algo de honor que mantener.
Y ahora supongo que me toca contestar la pregunta en cuestión. Mi relación con los refranes tiene un problema de base. Desde pequeño oía eso de: “A quien madruga dios le ayuda”, y al principio todo marchaba bien. El problema llegó cuando me di cuenta de que al panadero de mi barrio no sólo no le tocaba la lotería, sino que además le dejaba la mujer, su hijo se hacía del Atleti y sanidad le obligaba a vender únicamente pan integral (lo que servía además de reclamo para los abuelos y sus malditos refranes). Mis sospechas se confirmaron cuando leí una noticia que informaba del fallecimiento de un tal Chris Jackson, natural de Oklahoma, al ser impactado por un rayo mientras se cobijaba en la buena sombra de un olmo. Refranes, mentiras, mentiras y más mentiras. ¿Identificarme con alguno de ellos? En fin: “a buen entendedor pocas palabras bastan”.
Pequeña Vic. ¡PEQUEÑAA VIIIC! Allá va: ¿Y a ti no te molesta que lo mejor que se puede encontrar actualmente en Grecia sea algo absolutamente turco?
lunes, 17 de agosto de 2009
A sonreír, que ya pasaron los dos días.
Si un día Dios me manda un email preguntándome qué palabra considero que debería proclamarse best.word.ever., sin duda le plantearía las siguientes:
Bizarro, Ecléctico y Bocachancla.
Son tres palabros que molan. No sé exactamente el porqué, pero oye, yo les he dado un pase VIP en mi lexicón para que campen a su anchas y se cuelen en cualquiera de mis intervenciones verbales. Cómo disfruto llenando los pulmones de aire y escupiendo alguna de ellas, ni Ricardo Bofill lo haría mejor que yo.
El caso es que todas ellas definen una de las etapas más significativas dentro de mis 8.295 días de existencia. Concretamente, la de mi primera catarsis psicológica: los 12 años.
1997 empezó siendo un buen año. 6º de Primaria estaba resultando accesible: dominaba la Ortografía y había aprendido a hacer una casi-perfecta voltereta lateral. Las cosas marchaban bien. Pero una mañana, sin preaviso ni señal de advertencia, todo cambió.
Llegó puntual a su cita. Parecía un chico normal, debía de tener unos 30 años, quizás más, pero sus gafas de aspecto retro y su ropa desaliñada le hacían parecer un veinteañero trasnochado. Se presentó amablemente y dio las indicaciones pertinentes para que todo el proceso se acometiera de la manera más rápida y sin errores. Las instrucciones eran precisas y directas. Él era el único que sabía cómo había que proceder, así que se hizo lo que ordenó, quedando todos dispersados en tres grupos. Pensé que volvería a rehacer la división cuando se diera cuenta de que me había dejado separada del resto de chicas y que yo era la única entre todos los muchachos.
Mis amigas se recolocaban el cuello de la camisa y se arreglaban la melena. Aquella era época de flequillo recto y un mechón largo sobre cada oreja, pero mi madre había decidido que era mucho más cómodo un pelo-casco, justo por encima de las orejas, y el flequillo bien corto, no se diese el caso de que me quedara ciega.
El nerviosismo era ya patente. El grupo de chicas terminaba de acicalarse, mientras los chicos comentaban quién ocuparía cada posición. Yo seguía pensando que acabarían advirtiendo el error, era imposible que me dejasen desperdigada de mi verdadero grupo. Pero no fue así. Mi grupo fue situado en el tercer escalón, arriba del todo, en línea recta. Yo era la tercera de la derecha, éramos 8 en total. El resto, dos escalones más abajo y, por último, las chicas sentadas en un banco. Y todo sucedió en un instante. Cuando me quise dar cuenta, el flash ya se había disparado dos veces. Todos habían lucido sus perfectas sonrisas, y yo ni siquiera había podido disimular mi cara de estupefacción: ese maldito fotógrafo había decidido que yo me asemejaba más al grupo de larguiruchos y salidos pre-adolescentes que al de mis pequeñas y repeinadas amigas. Mal, exorbitantemente mal.
Fue por eso por lo que se desencadenó mi gran crisis. Me di cuenta de que al resto de chicas de clase aún les colgaban los pies al sentarse en las sillas, mientras que yo ya podía apoyar toda la planta de los míos en el suelo, e incluso me sobraban centímetros; los diminutos dientes de leche habían dado paso a relucientes y ordenadas dentaduras, y yo ni siquiera me atrevía a separar los labios porque lo que relucían eran mis antiestéticos y muy visibles braquets. Y del desarrollo mamario (llamémoslo 'el efecto miga de pan'), prefiero ni hablar.
Así que pasé las siguientes semanas traumatizada porque era un individuo de género bizarro con un estilo ecléctico en el que grandes zapatillas de deporte convivían con anchos vestiditos de Minnie Mouse. Lo de bocachancla viene porque maldito fue el día en que, para que no quedaran dudas acerca de mi lado femenino, pedí permiso para ir al baño porque tenía que 'hacer una cosa' (señalando la maxi-compresa con alas, hélice y cola que sujetaba en la mano). Hubiera regalado toda mi colección de tazos y gogo's con tal de haber podido convertirme en mota de polvo en mitad de aquella carcajada general de mis compañeros.
¿Y tú, querida Laura, preguntas qué me hace sonreír? Sin duda alguna, te diré que TODO. Y te voy a explicar el porqué: tal y como ha demostrado la historia, cualquier ser que logre resurgir de una dura etapa de hormonas, motes, más hormonas y más motes, podrá después disfrutar alegremente del resto de su vida, y podrá hacerlo con una gran sonrisa en la boca porque: primero, ya no tendrá que pasar por una experiencia tan traumática hasta 8.118 días más adelante [la crisis de los Cuarenta], y segundo, en esa época el virus de la adolescencia se contagia rápida e irremediablemente entre el resto de indefensas criaturas, así que cuando ya creí que el premio al patito feo de la clase iba a ser sólo mío hasta el resto de los días…
Pues nada, que aunque mal de muchos, consuelo de tontos, a mí me vino como anillo al dedo. Y acabaré citando a una gran intelectual de nuestros días, que tal y como dijo tiempo ha, "Dientes, dientes, que es lo que les jode!".
Rafita, ¿y a ti qué refrán te va que ni pintado?
miércoles, 12 de agosto de 2009
¿Qué quiero ser de mayor?
Cuando era (más) pequeña, nunca me gustó esa pregunta. Era algo que no era capaz de entender y que de hecho, aún hoy, me cuesta. En cuanto me la formulaban, automáticamente mi mente sobresaltada pensaba: “¿Cómo? ¿ya? ¿tan pronto? ¡Pero si todavía no sé lo que quiero ser ahora!” E inmediatamente después, llegaba a una terrible conclusión-duda: o bien la vida corre demasiado, o yo soy una especie de tortuguita alelada que no entiende muy bien al mundo que la rodea. O las dos. En cualquier caso, vamos a destiempo. Siempre me he sentido como andando a trompicones, como si la existencia me empujara cual viandante molesto e impaciente por mi lentitud, y al que le impido el paso para seguir su infatigable ritmo. Yo, entre zancada y zancada, solo consigo mirar hacia atrás a mi perseguidor con una cara que oscila entre la memez y el susto y, cuando creo haber podido despistarle y llegar a coger una cómoda velocidad de crucero, -mierda- allá viene otro viandante cabreado empujando sin piedad.
Así que, como tú bien dices Sariña: ¡Y yo qué sé! Supongo que, cuando eres (más) pequeña, tienes que estar atenta a cada detalle de tu personalidad, encajando todos esos rasgos que están formándote hacia un futuro… mmmm… ¿mejor? Por ejemplo, recuerdo que cuando era niña, mi juego preferido era saltar a la comba, odiaba las lentejas, y me daban miedo las alturas. También, que adoraba el perfume de mi madre -el 212 de Carolina Herrera-, y desde entonces los números capicúa me hacen sonreír. Pero claro, ¿qué haces con eso? Todas esas cosas me llevaron acaso a entender que yo quería ser… ¿¿copywriter?? Además, ¿es entonces una profesión lo que eres? ¡Porque yo de mayor quiero ser muchas más cosas!
Hay días en que me gustaría hacer tantas cosas que la vida me parece injustamente corta. Quisiera vivir 14 vidas seguidas y devorarlas, llenarme la boca de cosas por hacer y, aún así, creo que me seguirían quedando ganas. Otras veces pienso que la vida es muy pesada, y yo solo quiero bailar, beber, moverme, correr, desintegrarme, desaparecer…
No sé, quizá lo único que pueda tener claro es lo que desde luego, no quiero ser. Por ejemplo, no quisiera ser tan estricta conmigo misma o, por lo menos, tener más capacidad de auto-perdón. Que dejara de asustarme la perfección aparente, y la gente que no sabe ver más allá. No quisiera ponerme triste al ver que la vida está mal hecha, y que la diferencias entre seres humanos, nos hace más seres y menos humanos. Tampoco querría ser tan tímida (o no poder evitar creer que lo soy) ni tener tan poca fuerza de voluntad (o no poder evitar creer que no la tengo), pero sobre todo, querría ser feliz con o sin ello.
Y si no, como ya he dicho, siempre me quedaran los números capicúa. J Y a ti, Anaís, ¿qué te hace sonreír?
domingo, 9 de agosto de 2009
Y yo que sé!!!!
Ruego disculpéis mi retraso, pero la justificación es evidente. Para poder contestar a la preguntita de Jimmy, tenía que hacer un trabajo de investigación que me llevara a una respuesta digna y merecedora de ser publicada en este nuestro blog. Así que, contra mi voluntad, me he tenido que pasar dos días sin hacer nada para ver si yo realmente me canso de pensar, o si es un bulo extendido por aquellos que creen que el mundo puede dejar de girar si hay alguien que deja de currar.
Chicos… tengo que decir que ha sido durísimo. Mis ansias de trabajo eran muy fuertes y mis ganas de producir infinitas, pero luché contra mis instintos y cabizbaja y destrozada, me fui a la piscina a tomar el sol. Allí pensé en casi todo: en Juan Ramón Jiménez, en las playitas con olor a pimientos de Padrón, en que tengo que llevar mi reloj a arreglar, en “oh Dios mío, tengo que fregar la cocina”, y en ese libro de ochocientasypico páginas que no puedo terminar.
Por un momento me sentí tentada a levantarme de mi toalla, volver a mi casa-zulo y pasar la tarde inquieta y la noche en vela, trabajando en todas esas cosas pendientes que vamos acumulando a lo largo de los meses. Pero una vez más fui más fuerte que todo eso, y luché por concluir la investigación que había empezado por culpa de Jimmy y que ahora tenía que terminar costara lo que costara… así que me obligué a quedarme dormida jugándome la vida en el bordillo de la piscina y seguir pensando, incluso en sueños.
Bueno… ya podéis imaginar… unos días horribles. Pero antes de cerrar este post con mis conclusiones me gustaría decir algo que si guardo para mí, me haría inevitablemente reventar:
Jimmy, te has pasado con la pregunta. Por tu culpa he tenido que hacer un durísimo trabajo de campo –jiji, nunca mejor dicho, que me fui al campo- y sin duda me has arruinado el fin de semana. No te lo perdonaré jamás. Este tipo de castigo me lo esperaba de otras personas, pero no de ti.
Una vez dicho esto paso a relatar mis conclusiones tal y como me enseñaron en la facultad:
1. 1. Efectivamente, el pensar no cansa. Como mucho te desequilibra mentalmente, pero sólo si sobrepasas unos límites que normalmente no tenemos tiempo de sobrepasar. Pero compi, el por qué, como tú bien comprenderás, no lo sé.
2. 2. Gracias a toda esta tontería de pasar 48 horas meditando, he descubierto lo que quiero ser de mayor. Pero eso ya lo contaré si el blog vuelve a llegar a mi.
3. Lau, no vale volver a mandarme a mi el post sólo para saber qué quiero ser de mayor. Va contra las normas no escritas de www.vamonosdecopys.com. Y si incumples esas normas tendrás que traernos una tarta de chocolate gigante a todos (que guay! Acabo de escribir la primera norma escrita del blog!). Si quieres te lo cuento tomando un cafecito en el bar de Leo.
Por cierto Lau… ¿qué quieres ser de mayor?
http://www.youtube.com/watch?v=d6OIblSIRVo
viernes, 7 de agosto de 2009
Lo masculino y los cinturones de Castidad.
La verdad es que estoy muy de acuerdo con el uso de estos accesorios . Inclusive podríamos catalogarlos como sexys.
Creo que con el pasar del tiempo la percepción de las personas ha cambiado y viene siendo común encontrarnos en cualquier sitio con uno de ellos . Identificarlos es fácil basta con ver la posición en que una persona se encuentra sentada y la dirección del viento .
Aunque a decir verdad , En los mundos en que vivimos ya esta un poco pasado de moda andar con un una correa de cuero , unas cadenas y un candado es un tanto incomodo.
En la medida de lo posible apostaría por algo mas digital que analógico , mas moderno, Es lo suyo. Tanto para el que lo usa como para quien quiere que se use.
Definamos el termino cinturón . Objeto para llevar y mostrar, que te sujeta ( Se lleva en la cintura ) . O acaso no es eso lo que hacen las chicas cuando se ponen un cinturón.
Entonces por que hemos de llevarlo siempre escondidos. Repito no es una situación capicúa es solo la mejor manera de ver las cosas si quieren que los llevemos preocúpense por que sean cómodos o cambien de sistema.
Claro . A nadie le gusta andar paseando por ahí con semejante bulto en los pantalones. Ya tenemos mas que suficiente.
Antes de continuar permítanme mandar un calurosos y febril saludo a todas las integrantes de la asociación de esposas al borde de un ataque de celos. Comprendo lo que debe de ser un comentario de este tipo para ustedes y las acompañamos en su dolor.
Pero imagínense. No tener que estar revisando si lo lleva puesto o no . Si es que le hace daño. Por que les importa si les hace daño ¿ Verdad ?
Considero que se puede llegar a un acuerdo con respecto a tan engorroso tema . Tanto por el bienestar y salud de ambas partes.
Así que a relajarse y ponerse a trabajar, mi muy querida y apreciada asociación.
La siguiente pregunta ha sido algo arbitraria pues he escogido a la última de la lista . Sariña. ¿ Por que crees que cuando no hacemos nada no nos cansamos de pensar. ? ó ¿Es que sí lo hacemos?.
martes, 4 de agosto de 2009
¿Alguien dijo coprofagia?
En un segundo nuetra infancia cambió para siempre.
(Dedicado a aquellos afortunados que aún no hayan podido visionar)
¿Qué tengo que decir acerca de bozales para seres humanos?
Hace 232 días, 12 horas y 32 minutos me encontraba en una de las 686 salas de espera del hospital Sörös. En concreto, la que corresponde a mi médico de cabecera, el doctor Otto Llull. Yo era la paciente número 010 y llevaba exactamente 180,081 segundos esperando a que la paciente número 09, Sara Baras, saliera de la consulta. Me preguntaba si aquél nombre pertenecería a la aclamada bailarina de flamenco y no podía dejar de imaginarla taconeando sobre la camilla acolchada (por eso no se oía nada) y contoneando la bata azul. De pronto, la impaciencia se apoderó de mi garganta y sentí unas irrefrenables ganas de comunicar a voz en grito lo que se me estaba pasando por la cabeza. He aquí el problema que me había traído al médico: en el último mes había sufrido más de 101 episodios de este tipo y no había sido capaz de controlarme en ninguno. Esta vez, por suerte, Sara Baras hizo su aparición y resultó ser una ancianita de bastón en mano y mano en riñón. A punto estuve de exclamar “¡Menudo chasco!”, pero me metí corriendo en la habitación mientras me mordía –literalmente- la lengua.
-“Dígame Teresa, ¿qué es lo que le pasa?”- “Doctor, últimamente siento un violento impulso que me obliga a gritar todo lo que pienso.”- “¿Grita?” – “Sí.” – “¿Chilla?” – “Sí.” – “¿Vocifera?” – “Sí.” (¿Pero qué le pasa a este señor?¡¡Si es todo lo mismo!! Contente.) – “¿Ha sentido ganas de morder?” – “Ummm… Sí.” – “Bien, quítese la ropa y póngase la bata.” – “Mierda, otra vez tengo ganas…”
Después de una exploración médica de todo menos rutinaria (sólo diré que, entre otras muchas cosas, tuve que gruñir, roer un hueso, y recoger una pelotita de goma que el doctor Llull me lanzaba), el diagnóstico fue el siguiente: “Sufre usted TCLH, Trastorno Crónico del Ladrido Humano.” ¿Qué qué me recetó? Un bozal. Ni qué decir tiene que me faltó poco para atacarle, pero recordé haber leído que la normativa vigente obligaba a las razas potencialmente peligrosas a usar bozales para salir a la calle. ¿Y qué raza hay más peligrosa que la humana? Así que agaché la cabeza y me fui a la farmacia. Eso sí, opté por una virtual para no correr el riesgo de ladrar al farmacéutico. Ana, una amable asistente electrónica, me pidió que pasara la receta por el escáner y acto seguido me mostró un amplio catálogo de bozales a través de la pantalla. Regulables (no recomendables en caso de TCLH agudo), de nailon con rejilla (múltiples colores a elegir), de cuero (más comunes entre sadomasoquistas), tipo canastilla (muy perruno), y el famoso modelo Lecter. La idea de adoptar la imagen de Hannibal resultaba atractiva pero finalmente opté por el regulable, simplemente para autoconvencerme de que el problema no era tan grave.
Al día siguiente tenía el bozal en mis manos y el prospecto en la boca. Perdón, al revés. Sintomatología: Agresividad, canibalismo verbal, ingestión de cuerpos extraños (Uff… ¡Podría haber sido peor!), coprofagia (¡Ay madre!). Contraindicaciones: El uso de bozal puede reforzar las conductas de ataque. Pues bien, esto es precisamente lo que me pasó a mí. No recuerdo el número de veces que me lo he puesto, sí que era muy alto y capicúa, pero la experiencia me indica que el bozal es un mero condensador de ira reprimida que explosiona con mucha mayor potencia una vez que te lo quitas. Me he apuntado a un curso de Control Saludable Sobre Uno Mismo (¡qué risa!) y me han garantizado que aprender a decir lo que piensas de otra manera es posible. Todos los bozales a la basura, incluidos los mentales (¿quién no tiene uno?), porque ponerle un bozal al que tiene algo que decir es como ponerle cinturón de castidad a un ninfómano.
Oye Jimmy (nombre obtenido mediante sorteo ante notario), ¿qué opinas tú de los cinturones de castidad masculinos como medida propuesta por la Asociación de Esposas al Borde de un Ataque de Celos?
T.
sábado, 1 de agosto de 2009
¿Qué dones no quiero tener?
Dones, don, dones…Dame un momento, desconozco el significado de esa palabra, me resulta familiar cuando la pronuncio en alto, pero no logro encontrarle un sentido.
(Tic-tac-tic-tac-tic-tac-tic-tac-tic-tac)
De acuerdo, he revisado el diccionario y tu texto, y creo que te refieres al don que, según la R.A.E, es:
de acierto.
1. m. Tino particular que se tiene en el pensar o ejecutar.
Tino, qué palabra tan graciosa ¿verdad? Podría ser un nombre, como el de mi profesor de química del colegio, pero no, en este caso hablamos de una habilidad, de un acierto a la hora de llevar a cabo ciertas acciones. Así que ¿qué dones no quiero tener? ¿Qué profesor de ciencias de mi instituto particular no quiero tener a la hora de pensar o ejecutar?
Podría responder tajantemente y lo voy a hacer, simplemente porque es un don que siempre quise tener y, una vez conseguido, olvidé con el tiempo. No quiero tener el don de dar patadas a las botellas que se postran a mi camino ni el de olvidar lo que dije a quién no tenía que haber dicho nada. Quiero no tener el don de la duda, perder mi habilidad a la hora de mantener relaciones sexuales con un retorcido signo de interrogación todas las noches en mi cama. Aborrezco tener el don de enamorarme de quién es inalcanzable y mi asombrosa capacidad de perder los post-it llenos de adverbios de negación. No quiero ver más allá de las palabras, ni inventar cuentos que no se pueden hacer realidad en una ciudad. No quiero tener el don de ver a los coches aparcados como a caballos que esperan despertar, ni el don de buscar en sus traseras placas números capicúa que doten de sentido a tal exhibición. Me gustaría no tener el don de decir sí, cuando en realidad quiero decir no, y el de decir no, cuando en realidad no sé si quiero decir sí. No quiero tener el don de perdonar cuanto esto significa aliviar. En realidad, existe una larga lista de dones que no me gustaría tener, pero sin duda alguna, entre todos, el que menos quiero tener es ese Don que se coloca delante del nombre de uno.
Y hablando de dones, esta tarde he descubierto un don que me encantaría tener. Me refiero al don de soportar la irritante voz e insoportable risa de una mujer que estaba sentada con un grupo de amigos en la mesa de enfrente en el Pepe Botella. Voy a esta cafetería madrileña muy a menudo a disfrutar de momentos de lectura, pensamiento y escritura. Suele ser un lugar tranquilo, pero esta tarde mi bar, mi isla, decidió hacer una excepción en el momento que esta insoportable mujer entró por la puerta junto con una retahíla de enfervorizados gritos en forma de saludos hacia sus amigos. Esta terrorista de la tranquilidad se dedicó a comenzar absurdas conversaciones, ser protagonista de las mismas y a ponerles fin con una desquiciante y frenética risa y así, una y otra vez. En cuestión de minutos tuve que dejar mi libro a un lado para convertirme, junto con las demás personas que se encontraban en el bar, en forzada audiencia de la nueva pregonera de estupideces. Me mantenía atento, esperando a ver quién sería la primera persona en aplaudir, o quizá, y con un poco de suerte, en tirarle su taza de café por encima de ese nuevo vestido verde que compró ayer en H&M. Si los gritos y las estridentes risas pudieran acabar con el hambre del mundo, esta mujer se convertiría en el ser más amado de la Tierra, pero como por desgracia, esto no es así, esta mujer se convirtió en el ser más odiado del Pepe Botella. Me fui a tiempo, pero quién sabe, quizá alguien decidió acabar a tiempo con aquella agonía.
Y a todo esto Teresa, yo me pregunto, ¿qué tienes que decir acerca de bozales para seres humanos?
V.